¿Por Qué Soy Cementero?

2 Nov

Primero que nada, ya sé que les debo El Puquitazo del América Vs Puebla y que el administrador del espacio no debe de estar feliz por eso. Pero bueno, El Puquitazo queda sí o sí esta semana.

Hoy fieles y no tan fieles difuntos lectores les quiero contar una historia, que como el 90% de las historias que cuento está basada en algo totalmente real. Aclaro desde antes, no sé muy bien qué se celebra hoy y qué se celebra mañana pero habrá quienes lo lean hoy y quienes lo lean mañana, y habrá también sadomasoquistas personas con buen gusto que lo lean los dos días.

En mi familia, es decir, mamá, papá y hermano existía la tradición -o la necesidad de mi mamá de enseñárnosla- de poner un Altar de Muertos. Recuerdo mucho, que a mis tres, cuatro o cinco años la única muerta de relevancia que existía en la familia de mi mamá y que en mi casa recordábamos era la de la bisabuelita Elenita, la abuela paterna de mi mamá a quien según me han contado mi hermano y yo conocimos, ella murió cuando yo tenía 2, 3 o 4 años y por lógica era la protagonista de los altares.

Después crecimos y pienso que mi madre se quedó conforme con habernos inculcado la tradición. Pasaron varios años y me enteré DE MANERA CONSCIENTE -aclaro- que mi abuelo paterno había muerto como diez años antes de mi nacimiento, y bueno, como mi mamá tampoco lo conoció pues nunca protagonizó junto a Elenita los altares. Y pasaron más años y me enteré, por una llamada telefónica letal que mi abuelo materno, a quien por fortuna sí conocí y disfruté había muerto, en ese entonces yo tenía 14 años y había vivido uno de los mejores veranos que recuerdo, verano en el que, por cierto, Don Alonso González Garcini fue protagonista.

Y bueno, preguntarán ustedes, ¿y eso qué $”!$%$ tiene que ver con el deporte? Resulta que ese señor a quien creo haber conocido canoso y que era el padre de mi madre y el suegro de mi padre fue fundamental para que yo me hiciera amante del futbol. Ahí les va la historia.

Habré tenido unos 9 años, corría el Torneo Verano 2001 y creo que era Abril, el futbol ya era parte mediana de mi vida desde hacía algunos meses. Mi hermano menor, Pepe, jugaba desde Septiembre -quiero pensar que así era- del 2000 en la Filial de Monarcas Morelia en Villahermosa. Así que era una obligación y un ritual ir a ver algún entrenamiento y todos sus partidos. Por lógica él era aficionado del Morelia y yo decía serlo, creo que nos tocó ver el campeonato que levantaron en el Invierno 2000 y varios partidos del Verano 2001.

Justo nos estábamos mudando a la que ahora es nuestra casa cuando el anuncio de mis padres se hizo escuchar. “Sus abuelitos van a venir para ver la casa nueva”. Y obviamente todo era felicidad en mi casa a pesar de que venían solos y no traían cuidando a alguno de mis primos como lo hacían antes.

Llegaron un sábado, después de buscar como locos nuestra casa por tres fraccionamientos. Bajaron del auto, bajaron sus cosas y entre sus cosas había cosas nuestras. Un arco de plástico, un montón de balones de futbol y una bomba para inflarlos. ¿Qué otra cosa podían querer dos chamacos de 8 y 9 años que comenzaban a enamorarse del futbol? Tras estar horas y horas pateando la pelota y armando el arco, el sueño llegó y mágicamente se hizo domingo, uno de esos días aptos para mirar futbol.

Y sucedió, se enfrentaban Cruz Azul contra Morelia en el Estadio Morelos. Minutos antes del partido le pregunté a mi abuelito a qué equipo le iba y él respondió que al Cruz Azul. En ese momento tomé una decisión que hasta ahora mantengo firme. “Entonces le voy al Cruz Azul” afirmé, a mi hermano medio le valió gorro mi anuncio, pero a mí no. Grité con todo el coraje del mundo el gol de Carlos Alberto Pavón y reclamé como loco el disparo de Juan Francisco Palencia -sin saberlo, mi primer ídolo- que no terminó en gol porque Angel David Comizzo Leyva lo atajó sobre la línea. Años después seguí reclamándole a Pepe que ese disparo sí entró.

Pasaron las semanas y me enamoré del equipo que había escogido gracias a la Copa Libertadores. Antes, celebré la goleada que le metieron al Santos Laguna y comprendí quienes serían mis ídolos, Palencia, Adomaitis, Matute y Pinheiro, los cuatro anotadores, -quiero pensar que sí fueron de ellos los goles- y lloré amargamente la derrota por 3 a 1 contra Necaxa que eliminó al equipo de la liguilla.

Durante el torneo continental gritaba como loco cada vez que los noticiarios anunciaban los marcadores momentáneos o finales, cero a cero con River en Argentina, tres a cero a River en el Azteca, dos a cero a Rosario Central en el Azteca y tres a tres en el Gigante de Arroyito, sí, también lloré cuando supe que Boca había roto las ilusiones al ganar 1-0 en el Azteca. La final sí la vi en la tele, sentado en un Chedraui celebré -discretamente por orden de mi papá- el gol de Palencia en La Bombonera, y lógicamente salí triste tras los penales.

Pasó más tiempo, y yo, hecho un aficionado de carne y hueso, amante y fiel seguidor del Cruz Azul ya había leído la historia del Club unas 15 veces, ya había escuchado y leído -gracias a De Sangre Azul- todo lo posible sobre Marín, Quintano, Pulido, Alejándrez, Bustos y López Salgado. Y justo cuando iba a cumplir 14 años mi madre hablaba con mi abuelito por teléfono y le dije, “dile que si de regalo de cumpleaños me lleva al Estadio Hidalgo a ver al Cruz Azul en el Cuna del Futbol” ella me concedió el favor y él la promesa de su acción. Sí, vería a La Máquina en el Estadio, la felicidad era enorme y la ilusión más grande aún.

Y entonces pasó, después de ir a Guadalajara a ver a mi hermano en la Copa Chivas -en una historia que nunca se me olvida-volví a Villahermosa y al día siguiente tomé junto con mi madre y mi hermano el camión para ir a Veracruz y que mis abuelos nos llevaran a Tula, Hidalgo, donde radicaban. Pasaban los días y cada dos semanas viajamos a un pueblito alejado de la civilización en Veracruz para que a ellos les aplicaran un suero que les limpiaba las arterias.

Hasta que llegó el día, un lunes fui atacado por un catarro y el partido era el jueves -o quiero recordar que era un jueves- y la ida al futbol se ponía en duda. Para llevarnos a mí y a mi hermano mi abuelito puso como condición que el doctor me diera permiso. Y desde luego, mi mamá y mi abuelita me llevaron al doctor y él después de recetarme medicamentos aceptó que fuera siempre y cuando lo hiciera con una bufanda.

Así que cuando llegué a la casa vi a mi abuelito en el taller donde trabajaba y le anuncié la buena nueva, “sí me dio permiso” dije feliz. Pasó la hora de la comida y me puse la bufanda y las cuarenta mil chamarras necesarias. Justo cuando nos preparábamos para salir la lluvia amenazó. Por lo que mi mamá y abuelita tomaron unas bolsas de plástico enormes y a los tres nos hicieron unos impermeables.

Subimos al auto y yo iba muerto de los nervios. Jamás había salido solo en carretera con mi abuelito y mi hermano y menos a mirar al Cruz Azul. Así es que la emoción y el exceso de comida de horas antes hicieron su parte. A medio camino empecé a sentir náuseas mezcladas con acidez. De repente, dije, párate tantito abuelito, él bajó la velocidad y yo saqué todo lo que tenía adentro, él se sorprendió y me dijo que a la próxima avisara con más anticipación.

Pasado el incidente seguimos en la carretera y llegamos al Estadio Hidalgo, -hasta el día que conocí el Azteca fue el estadio más bonito del mundo- y entramos, para calentar miramos un Monarcas contra Atlante que ganó Atlante. Luego salió Cruz Azul a enfrentar al Pachuca. Recuerdo -o creo recordar- perfectamente la alineación cementera de esa noche. Óscar Pérez en la portería, Ricardo Osorio, Federico Lussenhof y Adrián Sánchez en la defensa, Diego Rivero y Tomás Campos en los carriles, Gerardo Torrado y John Javier Restrepo en la media de contención, Richard Núñez como enganche y la dupla Fonseca-Delgado adelante, los dirigía Isaac Mizrahi pues Rubén Omar Romano estaba secuestrado. Por Pachuca jugaban tipos como Miguel Calero, Aquivaldo Mosquera -quien acababa de llegar y falló un penal esa noche- y Andrés Chitiva, los dirigía José Luis Trejo.

El partido lo ganó Cruz Azul 2 goles a uno y llegamos a la casa de mis abuelitos a la una de la madrugada. Según recuerda mi mamá, mi abuelito jamás quiso llevarla a ella o a mis tíos al futbol a pesar de que a unos minutos de su casa estaba -y sigue estando- el Estadio Diez de Diciembre.

Siguieron pasando los días y los viajes a Veracruz eran una constante, así conocí la carretera México-Tuxpan y las poblaciones de la zona, Nuevo Necaxa es la que más recuerdo. Terminó el verano con mi papá yéndonos a recoger a mí, a mi mamá y a mi hermano a Veracruz. En esos días mi abuelito le comentaba que “la maquinita ya estaba cansada” y que sentía que no tardaría mucho en irse.

Desde luego, esos comentarios eran tomados a la ligera, nadie quería que Abuelito Alonso se fuera. Pero se fue, un par de semanas después de haber vuelto a Villahermosa ya había iniciado la secundaria, yo en tercer grado y mi hermano menor en primero. Todo iba bien, estábamos en el mismo Colegio y parecía que sería un año fácil, los tipos gandallas aún no aparecían y los nuevos amigos generaban muy buen rollo a la hora del futbol recreo.

Y un jueves 25 de Agosto por la noche sucedió. Una de mis tías, la esposa de un hermano de mi mamá que aún vive en Tula llamó. Yo contesté y me resultó grata la llamada, ella pidió hablar con mi mamá y yo emocionado pregunté que qué necesitaba, ella, en tono muy serio, pidió que le comunicara a mi mamá. De inmediato creí que se trataba de un anuncio sobre una posible llegada de ellos y mis abuelos a Villahermosa, pero qué alejado de la realidad estaba.

La noticia fue fulminante, igual que el infarto que había sufrido mi abuelito, de inicio mi mamá no quiso confirmarnos su muerte y viajamos toda la noche pensando en que llegaríamos a escuchar que se había salvado, pero desde luego no era así. Fue hasta que llegamos a Tula que nos enteramos de que el infarto había acabado con su vida y que lo estaban velando. Sólo una vez lo fui a ver mientras lo velaban, me fue imposible contener las lágrimas al ver a mi abuelita, ella pidió que me contuviera.

Pasó algo así como un día y yo trataba de evadir el dolor, pasé el resto del tiempo al lado de mi hermano y el menor de mis primos jugando y tratando de no pensar en lo sucedido. Hasta que el sábado por la tarde mi papá nos dijo a mí y a mi hermano que nos íbamos a despedir de él mientras lo enterraban. Lo que pasó durante el entierro me lo reservo y de paso evito que sea material para alguno de esos programas melodramáticos que pasan en la televisión.

Lo realmente interesante pasó cuando estaba afuera del panteón con mis papás, mi hermano, tres de los hermanos de mi papá y los hijos de ellos. El cielo estaba despejado y con pocas nubes, de repente, comenzó a caer una ligera llovizna y como por arte de magia, o más bien, como por acción del cielo aparecieron dos arco iris. Nunca supe si fue casualidad, física o acción divina -creo que fue esto último- pero los arco iris nos reconfortaron y de alguna manera fueron una señal de que él había llegado al cielo.

Ahora mismo entiendo el porqué de su muerte. No le tocó ver cuando liberaron a Romano y tampoco le tocó ver la jetatura que el América impuso sobre Cruz Azul. Tampoco tuvo que sufrir las tres finales perdidas. Él fue un privilegiado, pudo ver el ascenso del equipo en el ’64, el primer campeonato y la mudanza al Azteca, la brillante década de los 70’s y el título del ’97 sin olvidar la Copa Libertadores del 2001.

Sé que de alguna manera él está leyendo estas líneas al momento de que yo las escribo y quiero pensar que desde allá arriba va a celebrar cuando La Máquina levante su novena copa. Desde acá aprovecho para contarle que en parte gracias a él me enamoré del futbol y que también, gracias a él y al esfuerzo de mi familia empiezo a convertirme en lo que un día le dije que sería.

Gracias abuelito.

Feliz día de muertos.

Una respuesta to “¿Por Qué Soy Cementero?”

  1. Rene Lujan (@Rene_Lujan) noviembre 2, 2011 a 4:45 pm #

    En mi infancia nuca tuve equipo, tengo recuerdos de algunos partidos que veia con mi papa por ahi del 95 y 96, en el 97 me compraron una playera de Toros Neza justo en la final del verano 97 pero fueron goleados por Chivas, desde ahi empece a seguirlos, aunque en paralelo veia a Tecos porque jugaba Zdenko Muf y al Toluca de Cardozo, fue hasta 1999 que comence a ver el futbol en serio, empezo a ser una rutina semanal y no solo las finales, me enamore del Atlas de LaVolpe, hasta el año 2001 que Chivas comenzó con 14 juegos invicto ahi me di cuenta que seria Chiva para siempre.
    Aunque sigo a Chivas de repente me decanto por otro equipos, me ha pasado en 2005 con Dorados, 2007 con Puebla de Chelis, realmente no tengo una aficion extrema por un equipo como por ejemplo en la NFL con los Patriots

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